
Justo al acabar de exámenes nos dirigimos a Laponia, al norte de Suecia, a realizar uno de los viajes por excelencia si se está estudiando de Erasmus en Escandinavia.
Uno de los mayores atractivos que tiene Laponia es la posibilidad de ver auroras boreales, visibles cuanto más cerca del Polo Norte y dependientes de la actividad solar. Como este fenómeno era una cuestión de suerte, para elegir nuestras fechas teníamos dos opciones: viajar nada más volver de Navidades (mes de Enero) o al acabar los exámenes (mes de Marzo). Nos decantamos por la segunda para evitar el más duro invierno.
Antes de viajar a Kiruna (ciudad principal en el norte de Suecia), nos pusimos en contacto con CampAlta, empresa española que se encarga de organizar actividades. En concreto nos vimos interesados en hacer uno de los tours que ofertan, incluyendo dos expediciones con motos de nieve y otro con trineos de perros. Hay que decir que estas actividades son bastante caras (aún con precio de estudiante), por eso éste se convierte en un viaje para hacer una vez en la vida. Aproximadamente el coste por persona fue de:
- Alquiler de la cabaña (3 noches): 41,25€
- Motos de nieve, recorrido de auroras boreales: 75€
- Motos de nieve, recorrido del Hotel de Hielo: 80€
- Trineo con perros, recorrido por el lago: 125€
- Vuelo Estocolmo-Kiruna, ida y vuelta: 93€
A esta aventura fuimos un grupo de ocho personas: los franceses Adrien, Alexandre y Julien, el austriaco Philipp, el italiano Francesco y los españoles Urko, Carlos y yo. Prácticamente todos viviendo en la residencia de Stadshagen.

Nada más aterrizar en el aeropuerto de Kiruna cogimos un autobús hacia la ciudad y aprovechamos para almorzar, sacar algo de dinero y hacer compra en el supermercado para las siguientes tres noches.

Allí nos recogió Miriam, española de CampAlta, que nos dejó en la puerta de nuestra cabaña. Nada más llegar conocimos a todo un personaje, Leif, sueco nórdico de acento extraño que nos explicó el funcionamiento de todo el campamento. Las actividades que estaban incluidas además de las que contratamos eran ski de fondo, pesca en el lago (haciendo agujeros) y sauna.



Esa misma noche empezamos con el primer recorrido con motos de nieve, para subir a la montaña a ver auroras boreales. El funcionamiento siempre era el siguiente: se conducía por parejas, uno a la ida y otro a la vuelta, con un monitor conduciendo a la cabeza del grupo. El recorrido total podía ser de unos 21 km, y la equipación nos la daban ellos. Además de nuestros abrigos habituales, llevábamos un mono por encima, botas dobles, tres pares de guantes, casco y gafas de ventisca. A pesar de que estábamos en Marzo, la temperatura nocturna podía llegar fácilmente a los 20ºC bajo cero y conduciendo la sensación térmica empeoraba.
A la montaña fuimos con Stephan, con el que a mitad de camino tomamos un buen café con galletas. Sin embargo no tuvimos mucha suerte y no apreciamos ninguna aurora boreal debido a la inactividad solar.
Al día siguiente madrugamos para el segundo recorrido de motos de nieve, esta vez atravesando los lagos y teniendo como destino el Hotel de Hielo. Esta vez era mucho más sencillo coger velocidad con las motos, pues se podía mantener una mayor distancia de seguridad y alcanzar fácilmente los 80-90 km por hora.








El Hotel de Hielo es uno de los lugares más impresionantes que he visto hasta ahora, y no es para menos después de pagar una entrada bastante cara (17,5€ precio estudiante). Me imaginaba el hotel como algo más reducido, con apenas unas habitaciones y bar. Sin embargo, lo que allí nos encontramos fueron más de 50 habitaciones con diseños distintos (construidas por artistas del hielo), un hall con lámparas, el auténtico bar de hielo y una iglesia.








Una guía muy agradable nos explicó todos los detalles del hotel, en concreto la elección de los diseños (las habitaciones se realizan de nuevo cada año), las ceremonias de la iglesia (más de 100 bodas cada invierno, totalmente válidas) y la asociación con Absolut Vodka para crear bares de hielo en las ciudades más emblemáticas alrededor del mundo. Por lo visto el agua que se congela en los lagos de Kiruna es de gran calidad y eso les sirve como principal producto exportable.




A la vuelta estuvimos junto a otros grupos que también conducían motos de nieve, y nuestro monitor, Leif, preparó una carne de reno con patatas y mermelada de frambuesa.
Al día siguiente tuvimos la que se convertiría en mi actividad favorita: trineos con perros. Tal y como en las películas, dirigimos un trineo de madera para dos personas e hicimos un recorrido de 25 km a través de los lagos. Los huskies siberianos eran sencillamente preciosos y podías tocarles, jugar con ellos y hacerte todas las fotos que quisieras. Sin embargo estaban entrenados para correr (aunque no con fines de competición), así que no tardaban en ladrar cuando estaban demasiado tiempo quietos en mitad de la travesía o en el campamento.















Antes de volver al campanento nos tomamos una sopa de salmón en una de las cabañas típicas que tenían en el campamento.


Durante las noches hicimos uso de la sauna de leña, elemento bien arraigado en la cultura nórdica sueca, situada dentro de una pequeña cabaña frente al lago. Era bastante grande (con capacidad para 15-20 personas) y tenía una trampilla en su interior conectada al lago.
Durante nuestra estancia en el campamento hubo algunos momentos graciosos, en concreto el más recordado será cuando le preguntamos a Leif cuál era el mejor mes para ver auroras boreales y respondió: “yo diría que en Agosto, Septiembre, Octubre… Noviembre, Diciembre, Enero… y también Febrero y Marzo”. El hombre lo tenía claro.

En definitiva, un gran viaje altamente recomendable que volvería a hacer si mi pequeña economía me lo permite.